NUESTRA ESPIRITUALIDAD

En los orígenes de la Comunidad, jóvenes adultos, casados y solteros, experimentaron la efusión del Espíritu Santo: Dios vivo y actuante. Tuvieron entonces el deseo de dar más espacio a Dios poniendo todo en común a la manera de las primeras comunidades cristianas y dedicándole más tiempo a través de la oración personal y la liturgia compartida.

De este modo, el carisma fundacional recibido en los diez primeros años de la Comunidad se despliega a través de la vida en el Espíritu, la comunión de estados de vida y la influencia apostólica que de ello resulta.

Esta vida en el Espíritu se manifiesta en una espiritualidad muy rica que se nutre de los tesoros de las tradiciones cristianas. He aquí los aspectos fundamentales:

EXPERIENCIA DE PENTECOSTÉS

ESPERA ESCATOLÓGICA: ¡MARANATHA!

VIDA DE UNIÓN A DIOS

SACRAMENTOS Y LITURGIA

EL PEQUEÑO TRIDUO

ALABANZA Y CARISMAS

MISTERIO DE ISRAEL

UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

VIDA CON MARÍA

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    EXPERIENCIA DE PENTECOSTÉS

    La experiencia de Pentecostés y la dimensión escatológica han estado desde sus orígenes en el corazón del carisma de la Comunidad de las Bienaventuranzas. Nacida en la corriente de gracia de la Renovación Carismática, la Comunidad desea cada día dejarse habitar por el Espíritu Santo. Ella aprende la docilidad y el abandono al Espíritu de Dios que sopla donde Él quiere y cuando el quiere y la hace avanzar hacia el Reino que viene. Como se expresa en nuestro Libro de la Vida, cada miembro realiza este llamado, de acuerdo con su propio estado de vida, mediante:
    • una intensa vida de unión con Dios a través de la búsqueda de la oración continua en la escuela del Oriente cristiano y la práctica fiel de la oración en la Escuela del Carmelo;
    • una vida sacramental regular;
    • la celebración de la liturgia, que nos une a la alabanza del cielo;
    • la práctica de la alabanza fervorosa y el ejercicio de los carismas;
    • la consagración a la Virgen María;
    • la comunión en la oración por el pueblo de Israel y la intercesión para apresurar el cumplimiento de los planes del Señor para él y para las naciones;
    • la ardiente intercesión para que todos los cristianos alcancen la plena unidad.

    «El propósito de la vida cristiana es la adquisición del Espíritu Santo. »

    San Serafín de Sarov (1759-1833), uno de los santos patronos de la Comunidad.

    ESPERA ESCATOLÓGICA: ¡MARANATHA!

    La Iglesia confiesa el misterio de la fe en cada celebración eucarística: «¡Proclamamos tu muerte, Señor, y glorificamos tu resurrección hasta que vengas en tu gloria!”

    La comunidad espera con toda la Iglesia la venida de Jesús en la gloria, el día en que toda la humanidad y toda la creación se unirán en el amor de Jesucristo.

    Proclama por su vida, en un anuncio implícito y explícito, la realidad del Reino y la inminencia de su advenimiento. (Ver Libro de la Vida, n ° 5)

    En esta espera, la comunidad desea velar en la oración llevando especialmente cinco puntos de intercesión:

    Cautivada por esta realidad escatológica, fascinada por la perfección del mundo futuro, la Comunidad «gime y suspira» (Rm8:22)
    con toda la creación en una oración incesante y vigilante:
    « Maranatha, ven, ¡Señor Jesús! »

    VIDA DE UNIÓN A DIOS

    Consideramos la oración en todas sus formas, que son innumerables, como el medio por excelencia para adquirir el aceite del Espíritu en el comercio de la amistad con el Padre. Nuestra espiritualidad está marcada por lo nuevo y lo antiguo, una renovación de la tradición por el soplo del Espíritu Santo.

    Nuestra amistad con Dios se nutre de la oración continua en la escuela del Oriente cristiano (la oración del corazón) y la práctica fiel de la oración en la escuela Carmelitana.

    La vida de oración

    “La Comunidad reconoce como su gracia principal la vida de oración” (Livre de Vie, n° 60)

    La oración ocupa un lugar esencial en nuestras vidas. Creemos que la vida contemplativa nos permite entrar en la bienaventuranza de aquellos que ven a Dios y progresivamente se vuelven más y más semejantes a Él, actualizando así la palabra de San Juan: «Cuando Jesús se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal como es» (1 Jn 3: 2).

    Ella es este corazón a corazón con Dios del cual resulta toda la fertilidad. En efecto, esta vida contemplativa se abre a la disponibilidad personal y comunitaria, a la acción del Espíritu Santo. Se trata de entregarse al Espíritu, cada vez más, personal y comunitariamente y  convertirnos así en colaboradores del Espíritu Santo.

    «La contemplación no es otra cosa que un infusión secreto, pacífico y amoroso de Dios, de modo que cuando le damos el espacio, inflama al hombre en el espíritu de amor.” (San Juan de la Cruz).

    Adoración del Santísimo Sacramento

    Cada día tomamos un tiempo de adoración ante el Santísimo Sacramento, el sol del amor. Perseverando en esta oración silenciosa, entraremos en el abandono de nuestras obras para entrar en la mirada del Aquel que ES.

    La lectio divina

    Las palabras de la Sagrada Escritura serán nuestra delicia. A través de la Lectio Divina, lectura contemplativa y orante de la Palabra de Dios, aprendemos a estudiar con perseverancia las Escrituras y a guardarlas en nuestros corazones para conformarnos a la sabiduría de Dios que confunde lo fuerte con lo que es débil. A la imagen de la Virgen María, Hija de Israel, guardaremos estas palabras en nuestros corazones día y noche y, siguiendo al pueblo elegido, extraeremos de la tradición de los padres los tesoros que se ocultan en la Palabra.

    Nuestra amistad con Dios se alimenta de la oración continua en la escuela del Oriente cristiano (la oración del corazón) y de la práctica fiel de la oración en la escuela del Carmelo.

    SACRAMENTOS Y LITURGIA

    Una vida sacramental

    La Eucaristía y el Sacramento de la Reconciliación fortalecen nuestro camino diario de santidad y nos acompañan en nuestra vida de fe, esperanza y caridad. Los siete sacramentos son los canales privilegiados de la gracia divina en nuestras vidas.

    La celebración de la liturgia nos une a la alabanza del cielo

    Interpelada por los primeros cristianos que «fueron asiduos en la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones» (Hechos 2, 42), la Comunidad concede una especial importancia a la liturgia. «La liturgia como irrupción de lo sagrado en el tiempo y en el espacio nos permitirá participar en la eternidad y en la infinitud de Dios y con ello anticipará la venida del Reino» (Libro de vida, n° 51).

    «En la liturgia terrenal participamos en un anticipo de esta liturgia celestial que se celebra en la ciudad santa de Jerusalén a la cual nos dirigimos como peregrinos”  (Sacrosanctum Concilium 8).

    EL PEQUEÑO TRIDUO

    Cada semana celebramos el Pequeño Triduo, el recuerdo de los tres días santos que culminan en la celebración de la Resurrección el domingo.

    El jueves en la noche consideramos el amor infinito de Jesús con la institución de la Eucaristía y lo acompañamos a Getsemaní con un oficio de intercesión seguido de una Hora Santa o de la noche de adoración.

    El viernes fijamos nuestra mirada en la Cruz, contemplando su pasión en el ayuno y la oración.

    El viernes por la noche, nos reunimos alrededor de la mesa para recibir la paz y la bendición del shabbat a través de una liturgia doméstica que toma elementos de la Tradición judía y de los cantos hebreos. En comunión con nuestros hermanos judíos, recordamos la obra de la Creación. Damos gracias y contemplamos la obra de la Redención realizada por Jesús, el Mesías de Israel.

    El sábado, el séptimo día de la semana, nos asociamos a la Virgen María que no ha perdido la esperanza, incluso a esta hora de tinieblas. Con ella esperamos la hora en que Cristo revelará su victoria sobre el poder del mal.

    El domingo, día de la Resurrección

    Vivimos la semana, en nuestra oración comunitaria y en nuestra meditación personal, como un ascenso al domingo, día de la Resurrección del Señor. Desde el sábado por la noche, entramos en este misterio con la celebración de las Vísperas de la Resurrección y las danzas de Israel, expresando así nuestra alegría y nuestra acción de gracias.

    Ponemos atención en dar un cuidado especial a las liturgias dominicales y en resaltar este día de fiesta que anticipa, de alguna manera, el festín de las bodas del Cordero. El domingo es por excelencia el día que nos reúne para la oración común y la vida fraterna a ejemplo de los primeros cristianos. Como lo dice San Pablo: “Así, siendo muchos formamos un solo cuerpo, porque el pan es uno y todos participamos del mismo pan.” Es entonces en la gracia de la Resurrección de Cristo que nuestra vida comunitaria es renovada constantemente.

    ALABANZA Y CARISMAS

    Ya por el bautismo Cristo ha hecho de cada uno de nosotros una nueva criatura, un ser de alabanza para la gloria del Padre.

    Es por eso que, en el impulso que nos comunica la fe recibida de la Iglesia, en comunión con los miembros del Cuerpo de Cristo en el cielo y en la tierra, encontramos nuestro gozo al alabar a nuestro Dios por lo que Él es y dar gracias por todo lo que él hace.

    Con nuestros himnos y cantos de gozo queremos santificar el Nombre de Dios. Deseamos entrar en esta alabanza celestial y anticiparnos al Reino convirtiéndonos en auténticos testigos de Cristo a través de la belleza, la alegría y el fervor.

    Nuestras liturgias están abiertas a la expresión carismática a través de la oración espontanea, el canto en lenguas y la alabanza libre. A la escucha del Espíritu Santo, el ejercicio de los carismas se discierne para el bien y la edificación de todos, para confundir a los fuertes con la sabiduría de Dios.

    “Extraordinarios o sencillos y humildes, los carismas son gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente una utilidad eclesial; los carismas están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo. Los carismas se han de acoger con reconocimiento por el que los recibe, y también por todos los miembros de la Iglesia. En efecto, son una maravillosa riqueza de gracia para la vitalidad apostólica y para la santidad de todo el Cuerpo de Cristo.”

    CEC 799-800

    MISTERIO DE ISRAEL

    San Pablo nos habla del Misterio de Israel como connatural al misterio de la Iglesia: la Iglesia es de algún modo, injertada en la raíz de Israel, que es el Olivo verdadero (Rm 11,25).

    La oración contemplativa nos hace experimentar los sentimientos de Dios por su pueblo, y así recibimos de Él este amor que siempre arde por el hijo primogénito de su elección, siempre «amados en atención a sus padres» (Rm 11, 28).

    De esta manera, la intercesión por el pueblo judío encuentra un lugar importante y privilegiado en nuestra oración para que se cumpla el designio de Dios sobre su pueblo Israel.

    La Comunidad, atraída por la tensión escatológica suscitada en su seno por la efusión del Espíritu Santo, aspira a la Pascua común con Israel y a la gloriosa manifestación del Cordero, quien nos establecerá en el Shabbat definitivo que es el Reino que viene.

    Maranatha ¡Ven Señor Jesús!

    UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

    Interceder por la unidad de los cristianos es primero unirse a la intercesión del mismo Jesús, único Mediador. Es dejar que el Espíritu Santo ore en nosotros,  pues “no sabemos cómo pedir ni qué pedir” (Rm 8,26).

    Nuestra ardiente intercesión para que todos los cristianos alcancen la plena unidad  se enraíza en las palabras de Cristo antes de su pasión: Yo les he dado la Gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí. Así alcanzarán la perfección en la unidad” (Jn 17: 22-23).

    Oramos para que termine el escándalo de la división en el mismo cuerpo de Cristo, suplicando al Padre que suscite el diálogo allí donde hay endurecimiento, que inspire a los jefes de las iglesias y sus comunidades, y que les dé a todos una pasión por la unidad.

    En la búsqueda de esta unidad, nuestras oraciones y celebraciones están particularmente inspiradas por la espiritualidad de la Iglesia Oriental y por las riquezas de su liturgia. Deseamos manifestar la luz del Oriente a través del esplendor de los íconos en nuestras capillas y las melodías de inspiración bizantina en nuestros cantos.

    Dos pulmones, una respiración:
    hacia una sola comunión de fe entre Oriente y Occidente.

    VIDA CON MARÍA

    «La comunidad pertenece a la Santísima Virgen» : esta afirmación de Marthe Robin nos anima a profundizar el misterio de María. María nos revela en su persona el misterio de la humanidad ya transfigurada y ella intercede por nosotros para que el corazón del hombre finalmente conciba su vocación oculta de criatura nacida por amor, para el amor. Ella es nuestro modelo de la unión íntima de la criatura con el Creador.

    La espiritualidad mariana no es solo un aspecto de nuestra espiritualidad sino que la Virgen entiende ocupar su lugar de manera muy oculta, pero muy real, en nuestros corazones y en nuestra Comunidad. Ella es nuestro modelo de vida y nuestra madre, que nos enseña a vivir las Bienaventuranzas. Queremos entrar en una relación comunitaria y personal con Ella y dejarla ser la guardiana y la Reina de nuestra Comunidad.

    Tras los pasos de San Luis María Grignon de Monfort, comenzamos cada día con nuestra consagración a la Virgen María. Nuestra devoción mariana también se expresa en la oración diaria del rosario y otros ejercicios de piedad.

    « La verdadera devoción a María consiste en hacer todo con Ella, en Ella, a través de Ella y para Ella. »

    San Luis María Grignon de Montfort

    nuestros santos patronos

    La Comunidad se ha sentido elegida por tres santos patronos a los que acoge con gratitud: San José, San Juan María Bautista Vianney, San Serafín de Sarov. Estas figuras le hablan y las toma como modelos. «Los santos son como tantas estrellas que aspiran nuestras vidas, como la luna que aspira la masa inmensamente pesada de los océanos.»

    San José,

    padre silencioso a imagen del Padre celestial, nos ayuda a descubrir la paternidad de Dios. Hombre justo y santo en la fe de Abraham y protector de la Iglesia, nos acompaña en nuestra comunión con el pueblo de la primera alianza. Esposo de la Virgen María y cabeza de la Sagrada Familia, nos sostiene en nuestro deseo de vivir en el espíritu y las virtudes de la familia. A él nos confiamos voluntariamente en nuestro deseo de vivir abandonados a la Providencia y dóciles a las llamadas del Espíritu.

    San Juan María Bautista Vianney,

    Testigo del amor a las almas y al sacerdocio.

    San Serafín de Sarov,

    a través de los cuales hemos descubierto nuestra «vocación primordial a la oración continua».

    San Serafín de Sarov y San Juan María Vianney nos han introducido en los tesoros de la tradición de la Iglesia, tanto en Occidente como en Oriente, y nos invitan a orar por la unidad entre las Iglesias de Oriente y Occidente.

    y los grandes doctores del Carmelo

    En nuestra vida de oración nos ponemos en la escuela de los grandes doctores del Carmelo: Teresa de Ávila y Juan de la Cruz. Estos dos maestros nos enseñan los caminos de la contemplación para llegar a ser amigos íntimos del Señor.
    Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz nos enseña «su caminito» que es el de la infancia espiritual y el amor.

    El mensaje de la pequeña Teresa puede resumirse con las palabras del Evangelio: «Si no volvéis a ser como niños, no tendréis parte en el Reino de los Cielos». A cada generación, Teresa dice que la misericordia de Dios es infinita y que, a través de sus santos, Dios mismo viene a buscar a sus hijos enfermos y perdidos, con tal de que se abran a su misericordia.

    Nuestra amistad con Dios se alimenta de la oración continua en la escuela del Oriente cristiano (la oración del corazón) y de la práctica fiel de la oración en la escuela del Carmelo.

    EXPERIENCIA DE PENTECOSTÉS

    La experiencia de Pentecostés y la dimensión escatológica han estado desde sus orígenes en el corazón del carisma de la Comunidad de las Bienaventuranzas. Nacida en la corriente de gracia de la Renovación Carismática, la Comunidad desea cada día dejarse habitar por el Espíritu Santo. Ella aprende la docilidad y el abandono al Espíritu de Dios que sopla donde Él quiere y cuando el quiere y la hace avanzar hacia el Reino que viene. Como se expresa en nuestro Libro de la Vida, cada miembro realiza este llamado, de acuerdo con su propio estado de vida, mediante:
    • una intensa vida de unión con Dios a través de la búsqueda de la oración continua en la escuela del Oriente cristiano y la práctica fiel de la oración en la Escuela del Carmelo;
    • una vida sacramental regular;
    • la celebración de la liturgia, que nos une a la alabanza del cielo;
    • la práctica de la alabanza fervorosa y el ejercicio de los carismas;
    • la consagración a la Virgen María;
    • la comunión en la oración por el pueblo de Israel y la intercesión para apresurar el cumplimiento de los planes del Señor para él y para las naciones;
    • la ardiente intercesión para que todos los cristianos alcancen la plena unidad.

    «El propósito de la vida cristiana es la adquisición del Espíritu Santo. »

    San Serafín de Sarov (1759-1833), uno de los santos patronos de la Comunidad.

    ESPERA ESCATOLÓGICA: ¡MARANATHA!

    La Iglesia confiesa el misterio de la fe en cada celebración eucarística: «¡Proclamamos tu muerte, Señor, y glorificamos tu resurrección hasta que vengas en tu gloria!”

    La comunidad espera con toda la Iglesia la venida de Jesús en la gloria, el día en que toda la humanidad y toda la creación se unirán en el amor de Jesucristo.

    Proclama por su vida, en un anuncio implícito y explícito, la realidad del Reino y la inminencia de su advenimiento. (Ver Libro de la Vida, n ° 5)

    En esta espera, la comunidad desea velar en la oración llevando especialmente cinco puntos de intercesión:

    Cautivada por esta realidad escatológica, fascinada por la perfección del mundo futuro, la Comunidad «gime y suspira» (Rm8:22)
    con toda la creación en una oración incesante y vigilante:
    « Maranatha, ven, ¡Señor Jesús! »

    VIDA DE UNIÓN A DIOS

    Consideramos la oración en todas sus formas, que son innumerables, como el medio por excelencia para adquirir el aceite del Espíritu en el comercio de la amistad con el Padre. Nuestra espiritualidad está marcada por lo nuevo y lo antiguo, una renovación de la tradición por el soplo del Espíritu Santo.

    Nuestra amistad con Dios se nutre de la oración continua en la escuela del Oriente cristiano (la oración del corazón) y la práctica fiel de la oración en la escuela Carmelitana.

    La vida de oración

    “La Comunidad reconoce como su gracia principal la vida de oración” (Livre de Vie, n° 60)

    La oración ocupa un lugar esencial en nuestras vidas. Creemos que la vida contemplativa nos permite entrar en la bienaventuranza de aquellos que ven a Dios y progresivamente se vuelven más y más semejantes a Él, actualizando así la palabra de San Juan: «Cuando Jesús se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal como es» (1 Jn 3: 2).

    Ella es este corazón a corazón con Dios del cual resulta toda la fertilidad. En efecto, esta vida contemplativa se abre a la disponibilidad personal y comunitaria, a la acción del Espíritu Santo. Se trata de entregarse al Espíritu, cada vez más, personal y comunitariamente y  convertirnos así en colaboradores del Espíritu Santo.

    «La contemplación no es otra cosa que un infusión secreto, pacífico y amoroso de Dios, de modo que cuando le damos el espacio, inflama al hombre en el espíritu de amor.” (San Juan de la Cruz).

    Adoración del Santísimo Sacramento

    Cada día tomamos un tiempo de adoración ante el Santísimo Sacramento, el sol del amor. Perseverando en esta oración silenciosa, entraremos en el abandono de nuestras obras para entrar en la mirada del Aquel que ES.

    La lectio divina

    Las palabras de la Sagrada Escritura serán nuestra delicia. A través de la Lectio Divina, lectura contemplativa y orante de la Palabra de Dios, aprendemos a estudiar con perseverancia las Escrituras y a guardarlas en nuestros corazones para conformarnos a la sabiduría de Dios que confunde lo fuerte con lo que es débil. A la imagen de la Virgen María, Hija de Israel, guardaremos estas palabras en nuestros corazones día y noche y, siguiendo al pueblo elegido, extraeremos de la tradición de los padres los tesoros que se ocultan en la Palabra.

    Nuestra amistad con Dios se alimenta de la oración continua en la escuela del Oriente cristiano (la oración del corazón) y de la práctica fiel de la oración en la escuela del Carmelo.

    SACRAMENTOS Y LITURGIA

    Una vida sacramental

    La Eucaristía y el Sacramento de la Reconciliación fortalecen nuestro camino diario de santidad y nos acompañan en nuestra vida de fe, esperanza y caridad. Los siete sacramentos son los canales privilegiados de la gracia divina en nuestras vidas.

    La celebración de la liturgia nos une a la alabanza del cielo

    Interpelada por los primeros cristianos que «fueron asiduos en la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones» (Hechos 2, 42), la Comunidad concede una especial importancia a la liturgia. «La liturgia como irrupción de lo sagrado en el tiempo y en el espacio nos permitirá participar en la eternidad y en la infinitud de Dios y con ello anticipará la venida del Reino» (Libro de vida, n° 51).

    «En la liturgia terrenal participamos en un anticipo de esta liturgia celestial que se celebra en la ciudad santa de Jerusalén a la cual nos dirigimos como peregrinos”  (Sacrosanctum Concilium 8).

    EL PEQUEÑO TRIDUO

    Cada semana celebramos el Pequeño Triduo, el recuerdo de los tres días santos que culminan en la celebración de la Resurrección el domingo.

    El jueves en la noche consideramos el amor infinito de Jesús con la institución de la Eucaristía y lo acompañamos a Getsemaní con un oficio de intercesión seguido de una Hora Santa o de la noche de adoración.

    El viernes fijamos nuestra mirada en la Cruz, contemplando su pasión en el ayuno y la oración.

    El viernes por la noche, nos reunimos alrededor de la mesa para recibir la paz y la bendición del shabbat a través de una liturgia doméstica que toma elementos de la Tradición judía y de los cantos hebreos. En comunión con nuestros hermanos judíos, recordamos la obra de la Creación. Damos gracias y contemplamos la obra de la Redención realizada por Jesús, el Mesías de Israel.

    El sábado, el séptimo día de la semana, nos asociamos a la Virgen María que no ha perdido la esperanza, incluso a esta hora de tinieblas. Con ella esperamos la hora en que Cristo revelará su victoria sobre el poder del mal.

    El domingo, día de la Resurrección

    Vivimos la semana, en nuestra oración comunitaria y en nuestra meditación personal, como un ascenso al domingo, día de la Resurrección del Señor. Desde el sábado por la noche, entramos en este misterio con la celebración de las Vísperas de la Resurrección y las danzas de Israel, expresando así nuestra alegría y nuestra acción de gracias.

    Ponemos atención en dar un cuidado especial a las liturgias dominicales y en resaltar este día de fiesta que anticipa, de alguna manera, el festín de las bodas del Cordero. El domingo es por excelencia el día que nos reúne para la oración común y la vida fraterna a ejemplo de los primeros cristianos. Como lo dice San Pablo: “Así, siendo muchos formamos un solo cuerpo, porque el pan es uno y todos participamos del mismo pan.” Es entonces en la gracia de la Resurrección de Cristo que nuestra vida comunitaria es renovada constantemente.

    ALABANZA Y CARISMAS

    Ya por el bautismo Cristo ha hecho de cada uno de nosotros una nueva criatura, un ser de alabanza para la gloria del Padre.

    Es por eso que, en el impulso que nos comunica la fe recibida de la Iglesia, en comunión con los miembros del Cuerpo de Cristo en el cielo y en la tierra, encontramos nuestro gozo al alabar a nuestro Dios por lo que Él es y dar gracias por todo lo que él hace.

    Con nuestros himnos y cantos de gozo queremos santificar el Nombre de Dios. Deseamos entrar en esta alabanza celestial y anticiparnos al Reino convirtiéndonos en auténticos testigos de Cristo a través de la belleza, la alegría y el fervor.

    Nuestras liturgias están abiertas a la expresión carismática a través de la oración espontanea, el canto en lenguas y la alabanza libre. A la escucha del Espíritu Santo, el ejercicio de los carismas se discierne para el bien y la edificación de todos, para confundir a los fuertes con la sabiduría de Dios.

    “Extraordinarios o sencillos y humildes, los carismas son gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente una utilidad eclesial; los carismas están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo. Los carismas se han de acoger con reconocimiento por el que los recibe, y también por todos los miembros de la Iglesia. En efecto, son una maravillosa riqueza de gracia para la vitalidad apostólica y para la santidad de todo el Cuerpo de Cristo.”

    CEC 799-800

    MISTERIO DE ISRAEL

    San Pablo nos habla del Misterio de Israel como connatural al misterio de la Iglesia: la Iglesia es de algún modo, injertada en la raíz de Israel, que es el Olivo verdadero (Rm 11,25).

    La oración contemplativa nos hace experimentar los sentimientos de Dios por su pueblo, y así recibimos de Él este amor que siempre arde por el hijo primogénito de su elección, siempre «amados en atención a sus padres» (Rm 11, 28).

    De esta manera, la intercesión por el pueblo judío encuentra un lugar importante y privilegiado en nuestra oración para que se cumpla el designio de Dios sobre su pueblo Israel.

    La Comunidad, atraída por la tensión escatológica suscitada en su seno por la efusión del Espíritu Santo, aspira a la Pascua común con Israel y a la gloriosa manifestación del Cordero, quien nos establecerá en el Shabbat definitivo que es el Reino que viene.

    Maranatha ¡Ven Señor Jesús!

    UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

    Interceder por la unidad de los cristianos es primero unirse a la intercesión del mismo Jesús, único Mediador. Es dejar que el Espíritu Santo ore en nosotros,  pues “no sabemos cómo pedir ni qué pedir” (Rm 8,26).

    Nuestra ardiente intercesión para que todos los cristianos alcancen la plena unidad  se enraíza en las palabras de Cristo antes de su pasión: Yo les he dado la Gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí. Así alcanzarán la perfección en la unidad” (Jn 17: 22-23).

    Oramos para que termine el escándalo de la división en el mismo cuerpo de Cristo, suplicando al Padre que suscite el diálogo allí donde hay endurecimiento, que inspire a los jefes de las iglesias y sus comunidades, y que les dé a todos una pasión por la unidad.

    En la búsqueda de esta unidad, nuestras oraciones y celebraciones están particularmente inspiradas por la espiritualidad de la Iglesia Oriental y por las riquezas de su liturgia. Deseamos manifestar la luz del Oriente a través del esplendor de los íconos en nuestras capillas y las melodías de inspiración bizantina en nuestros cantos.

    Dos pulmones, una respiración:
    hacia una sola comunión de fe entre Oriente y Occidente.

    VIDA CON MARÍA

    «La comunidad pertenece a la Santísima Virgen» : esta afirmación de Marthe Robin nos anima a profundizar el misterio de María. María nos revela en su persona el misterio de la humanidad ya transfigurada y ella intercede por nosotros para que el corazón del hombre finalmente conciba su vocación oculta de criatura nacida por amor, para el amor. Ella es nuestro modelo de la unión íntima de la criatura con el Creador.

    La espiritualidad mariana no es solo un aspecto de nuestra espiritualidad sino que la Virgen entiende ocupar su lugar de manera muy oculta, pero muy real, en nuestros corazones y en nuestra Comunidad. Ella es nuestro modelo de vida y nuestra madre, que nos enseña a vivir las Bienaventuranzas. Queremos entrar en una relación comunitaria y personal con Ella y dejarla ser la guardiana y la Reina de nuestra Comunidad.

    Tras los pasos de San Luis María Grignon de Monfort, comenzamos cada día con nuestra consagración a la Virgen María. Nuestra devoción mariana también se expresa en la oración diaria del rosario y otros ejercicios de piedad.

    « La verdadera devoción a María consiste en hacer todo con Ella, en Ella, a través de Ella y para Ella. »

    San Luis María Grignon de Montfort

    nuestros santos patronos

    La Comunidad se ha sentido elegida por tres santos patronos a los que acoge con gratitud: San José, San Juan María Bautista Vianney, San Serafín de Sarov. Estas figuras le hablan y las toma como modelos. «Los santos son como tantas estrellas que aspiran nuestras vidas, como la luna que aspira la masa inmensamente pesada de los océanos.»

    San José,

    padre silencioso a imagen del Padre celestial, nos ayuda a descubrir la paternidad de Dios. Hombre justo y santo en la fe de Abraham y protector de la Iglesia, nos acompaña en nuestra comunión con el pueblo de la primera alianza. Esposo de la Virgen María y cabeza de la Sagrada Familia, nos sostiene en nuestro deseo de vivir en el espíritu y las virtudes de la familia. A él nos confiamos voluntariamente en nuestro deseo de vivir abandonados a la Providencia y dóciles a las llamadas del Espíritu.

    San Juan María Bautista Vianney,

    Testigo del amor a las almas y al sacerdocio.

    San Serafín de Sarov,

    a través de los cuales hemos descubierto nuestra «vocación primordial a la oración continua».

    San Serafín de Sarov y San Juan María Vianney nos han introducido en los tesoros de la tradición de la Iglesia, tanto en Occidente como en Oriente, y nos invitan a orar por la unidad entre las Iglesias de Oriente y Occidente.

    y los grandes doctores del Carmelo

    En nuestra vida de oración nos ponemos en la escuela de los grandes doctores del Carmelo: Teresa de Ávila y Juan de la Cruz. Estos dos maestros nos enseñan los caminos de la contemplación para llegar a ser amigos íntimos del Señor.
    Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz nos enseña «su caminito» que es el de la infancia espiritual y el amor.

    El mensaje de la pequeña Teresa puede resumirse con las palabras del Evangelio: «Si no volvéis a ser como niños, no tendréis parte en el Reino de los Cielos». A cada generación, Teresa dice que la misericordia de Dios es infinita y que, a través de sus santos, Dios mismo viene a buscar a sus hijos enfermos y perdidos, con tal de que se abran a su misericordia.

    Nuestra amistad con Dios se alimenta de la oración continua en la escuela del Oriente cristiano (la oración del corazón) y de la práctica fiel de la oración en la escuela del Carmelo.