El pequeño Triduo

Cada semana celebramos el Pequeño Triduo, el recuerdo de los tres días santos que culminan en la celebración de la Resurrección el domingo.

El jueves en la noche consideramos el amor infinito de Jesús con la institución de la Eucaristía y lo acompañamos a Getsemaní con un oficio de intercesión seguido de una Hora Santa o de la noche de adoración.

El viernes fijamos nuestra mirada en la Cruz, contemplando su pasión en el ayuno y la oración.

El viernes por la noche, nos reunimos alrededor de la mesa para recibir la paz y la bendición del shabbat a través de una liturgia doméstica que toma elementos de la Tradición judía y de los cantos hebreos. En comunión con nuestros hermanos judíos, recordamos la obra de la Creación. Damos gracias y contemplamos la obra de la Redención realizado por Jesús, el Mesías de Israel.

El sábado, el séptimo día de la semana, nos asociamos a la Virgen María que no ha perdido la esperanza, incluso a esta hora de tinieblas. Con ella esperamos la hora en que Cristo revelará su victoria sobre el poder del mal.

El domingo, día de la Resurrección

Vivimos la semana, en nuestra oración comunitaria y en nuestra meditación personal, como un ascenso al domingo, día de la Resurrección del Señor. Desde el sábado por la noche, entramos en este misterio con la celebración de las Vísperas de la Resurrección y las danzas de Israel, expresando así nuestra alegría y nuestra acción de gracias.

Ponemos atención en dar un cuidado especial a las liturgias dominicales y en resaltar este día de fiesta que anticipa, de alguna manera, el festín de las bodas del Cordero. El domingo es por excelencia el día que nos reúne para la oración común y la vida fraterna a ejemplo de los primeros cristianos. Como lo dice San Pablo: “Así, siendo muchos formamos un solo cuerpo, porque el pan es uno y todos participamos del mismo pan.” Es entonces en la gracia de la Resurrección de Cristo que nuestra vida comunitaria es renovada constantemente.