Alabanza y carismas

Ya por el bautismo Cristo ha hecho de cada uno de nosotros una nueva criatura, un ser de alabanza para la gloria del Padre.

Es por eso que, en el impulso que nos comunica la fe recibida de la Iglesia, en comunión con los miembros del Cuerpo de Cristo en el cielo y en la tierra, encontramos nuestro gozo al alabar a nuestro Dios por lo que Él es y dar gracias por todo lo que él hace.

Con nuestros himnos y cantos de gozo queremos santificar el Nombre de Dios. Deseamos entrar en esta alabanza celestial y anticiparnos al Reino convirtiéndonos en auténticos testigos de Cristo a través de la belleza, la alegría y el fervor.

Nuestras liturgias están abiertas a la expresión carismática a través de la oración espontanea, el canto en lenguas y la alabanza libre. A la escucha del Espíritu Santo, el ejercicio de los carismas se discierne para el bien y la edificación de todos, para confundir a los fuertes con la sabiduría de Dios.

 

“Extraordinarios o sencillos y humildes, los carismas son gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente una utilidad eclesial; los carismas están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo. Los carismas se han de acoger con reconocimiento por el que los recibe, y también por todos los miembros de la Iglesia. En efecto, son una maravillosa riqueza de gracia para la vitalidad apostólica y para la santidad de todo el Cuerpo de Cristo”  (CEC 799-800).