Misterio de Israel

San Pablo nos habla del Misterio de Israel como connatural al misterio de la Iglesia: la Iglesia está, de algún modo, injertada en la raíz de Israel, que es el Olivo verdadero (Rm 11,25).

La oración contemplativa nos hace experimentar los sentimientos de Dios por su pueblo, y así recibimos de Él ese amor que siempre lo quema por el hijo primogénito de su elección, siempre “amado por sus padres” (Rom 11, 28).

De esta manera, la intercesión por el pueblo judío encuentra un lugar importante y privilegiado en nuestra oración para “que progrese en el amor de su Nombre y la fidelidad a su alianza” (De la Oración Universal del Viernes Santo).

Uno de los medios de encarnar esta oración con y para Israel es acogiendo la gracia propia del Shabbat. Nos reunimos el viernes por la noche alrededor de la mesa para encender velas y celebrar, con canciones hebreas, la entrada al séptimo día. Al igual que nuestros hermanos judíos y con ellos, en el Shabbat hacemos memoria de la obra de la creación y damos gracias por la acción de Su Providencia en nuestras vidas. Damos gracias y contemplamos la obra de la Redención realizado por la Pasión y el entierro de Jesús, el Mesías de Israel.

La Comunidad, poseída por la tensión escatológica suscitada en su seno  por la efusión del Espíritu Santo, aspira a la Pascua común con Israel y la gloriosa manifestación del Cordero, quien nos establecerá en el Shabat definitivo que es el Reino venidero.

Maranatha! ¡Ven Señor Jesús!