La llamada a las Bienaventuranzas

La llamada a las Bienaventuranzas,

es escuchar este llamado del Espíritu Santo que, en la línea del Concilio Vaticano II, suscita un poderoso despertar del pueblo de Dios y particularmente de los laicos. Renueva su Iglesia, la embellece como la novia que se prepara para la venida del Esposo y la enriquece con sus dones totalmente nuevos entre los que se encuentran las comunidades a las que pertenecen los fieles de todas las vocaciones y todos los estados de vida, familias, solteros, hermanos y hermanas consagrados, sacerdotes, diáconos, etc.

Es estar fascinado por la belleza del Reino venidero y por el esplendor de la Jerusalén celestial, querer comprometerse con todo el ardor de su corazón para anticipar desde aquí abajo la vida del Reino, acogiendo todas las gracias y todos los medios de comunión con lo invisible que el espíritu derrama en la Iglesia. Es consagrar enteramente su vida de manera total y definitiva al advenimiento de este Reino.

Es querer anticipar la liturgia celestial en su esplendor a través de la liturgia terrestre, gracias al fervor de la alabanza, la belleza del canto, el arte puesto al servicio de la Gloria de Dios, la danza que nos hace imitar a David danzando para su Dios ante el Arca. Es hacer de la Eucaristía el centro y la cumbre de su vida.

Es instaurar con los otros miembros de la Comunidad, imitando la Iglesia primitiva, una vida de comunión fraterna y de compartir, buscando la unanimidad de los corazones y de las almas, de tal manera que nadie en la Comunidad considere nada como su bien propio, sino que entre hermanos y hermanas «todo sea considerado común» (Hechos 4, 32).

Es ponerse en la escuela de la tradición carmelitana para una práctica fiel y perseverante de la oración, aspirando a esta relación nupcial con Cristo a la que están llamados todos los bautizados, para participar en la vida trinitaria desde este mundo y permitir que el amor divino nos queme y consuma, para que no se extinga en el corazón de la Iglesia este amor, que es su única vida y su única fuerza.

Es seguir el camino de infancia de santa Teresa de Lisieux para aprender el gozoso consentimiento de su pobreza y su audaz confianza en la misericordia del Padre.

Es abrazar resueltamente la Cruz de Cristo, practicando la pobreza, la obediencia y la castidad según su estado de vida y acogiendo como una preciosa gracia todos los sufrimientos y las pruebas que nos empobrecen, nos despojan de nosotros mismos  y nos conforman con Cristo en su desnudez.

Es vivir un abandono confiado en la Providencia, sin mantener ninguna preocupación, sino más bien, en todas las cosas espirituales o materiales, contar con la fidelidad de nuestro Padre del Cielo que proveerá a todas las necesidades.

Es tener una mirada de amor y de estima sobre el pueblo de la primera Alianza, el pueblo judío, y reconocer los privilegios irrevocables de Israel “a quienes pertenecen la adopción, la gloria, las alianzas, el culto, las promesas y los patriarcas y de quien, según la carne, procede Cristo” (Romanos 9: 4). Es abrirnos a la riqueza de la herencia que nos es transmitida por Él, y orar con ardor para apresurar los designios de Dios sobre Israel y el cumplimiento de su único rol en la historia de salvación. Es creer que en este vínculo reencontrado con “la raíz que nos sostiene” (Romanos 11:18), se encuentra el fundamento histórico y escatológico del ecumenismo.

Es unirnos a la oración de Jesús para que todos sean uno, para que su Iglesia recobre su unidad. Es reconocer la riqueza de cada una de las Iglesias y acoger los dones, especialmente a las Iglesias orientales, de tal manera que la Comunidad en su forma de vida y su liturgia, sea una anticipación profética de la unidad que el Espíritu realiza entre todos los miembros del Cuerpo de Cristo.

Es reconocer en cada pobre a Jesús quien nos invita a abrazarlo en nuestro amor. Es dejarnos enseñar por los pobres, para vivir la primera bienaventuranza.

Es sentir un celo ardiente para que Dios sea conocido y amado por todos sus hijos, que el Evangelio sea anunciado a todas las naciones. Es extender sin cesar los horizontes de nuestro corazón para responder a los llamados que la humanidad sedienta de salvación nos dirige. Es estar dispuesto a acoger los dones de profecía, de sanación y los otros carismas que acompañan y hacen eficaz la proclamación de la Palabra.

Es consagrarse totalmente a María en la línea de la espiritualidad de Grignon de Monfort, aspirar a una verdadera unión mística con ella, vivir en ella para recibir la plenitud de la vida divina y la efusión del Espíritu Santo.

Es tomar como modelo de nuestra vida comunitaria a la Sagrada Familia de Nazaret, ponerse en su escuela, aprender a vivir no para uno mismo sino para el otro y reencontrar el verdadero sentido de las relaciones humanas, dejarse enseñar por San José sobre la verdadera paternidad, para que nuestras casas sean verdaderas familias y lugares de sanación humana, afectiva y espiritual para nuestra generación tan herida.

Es someterse filialmente a la Iglesia Católica y a sus representantes, a las directivas y enseñanzas del Santo Padre, a la autoridad pastoral de los obispos, buscar la máxima comunión con todas las realidades de la Iglesia con las cuales estamos en contacto.

Es conformarse a la Regla de vida de la Comunidad, a sus estatutos aprobados por la Iglesia, pero también vivir la novedad del Espíritu Santo, sabiendo que la gracia de la comunidad sobrepasa extensamente sus estructuras jurídicas, y permite que aquellos que son llamados pertenezcan de una manera flexible y diversa a la familia espiritual que la Comunidad constituye.

Padre Jacques Philippe